Nuevas lecturas en Club Carbono

¿Cómo aterrizar en Club Carbono? Me molesta la gente vueltera, pero suelo caer en ese gesto: dar vueltas. Resolvamos esto y vayamos al punto: soy Ana Clara Pérez Cotten y voy a acompañar las lecturas de Club Carbono. En los últimos años, trabajé en la sección Cultura de Télam, nuestra agencia de noticias de bandera que, ojalá, vuelva a estar de pie y a funcionar pronto otra vez. Muchas reseñas,  entrevistas y lecturas después, llego a Club Carbono, un hermoso experimento que funciona hace ya cinco años, con más de cincuenta lecturas y una comunidad de más de 18 mil suscriptores. Lejos del enciclopedismo -y no porque no pueda porque llegado el caso todos podemos fingir una pose-, quiero en adelante compartir con ustedes una forma de leer curiosa, que tienda puentes, que abra y acerque otras referencias. Me gusta leer en esa clave, con la ayuda de mi viejo lápiz Caran D’ache.

Una breve confesión. Les prometo que no voy a convertir Club Carbono en mi diario íntimo pero hay una historia de lo que suelo llamar la vida real que se iluminó cuando me convocaron para hacer esto. Durante una década tuve un club de lectura de a dos. Le decíamos “El club”. Cuento esto e inmediatamente ustedes piensan en una relación amorosa. Lo sé y no deja de ser lindo porque involucra a los libros en ese tipo de enganche, pero no, no era. El punto es que teníamos procedencias, formaciones, edades y ocupaciones muy distintas pero confluíamos en lo que leíamos: nos pasábamos libros, elegíamos el ideal para la llevar a la Costa, para el aburrimiento, para un viaje de trabajo, para que el otro le regalara a la tía. Discutíamos qué quiso decir el autor, putéabamos por las traducciones, chateábamos en el medio de la tarde sobre una trama o un personaje. Testeábamos librerías. Buscábamos la película de la que hablaba el libro. Leíamos la obra entera de un escritor. Era una dinámica incansable, de cierta voracidad y efecto contagio.

Cuando comenzó a funcionar Club Carbono en 2019, nos anotamos y leímos las primeras entregas con sorna: cómo tenían el tupé de sistematizar algo que a nosotros nos salía tan natural. El tono de los mails de Sebastián Lidijover nos resultaba familiar porque él es el Jedi de la promoción de la lectura o, más fácil, sabe cómo arrastrarte a leer lo que se propone (si en verdad cree que es lo que vos tenés que leer en ese momento). Dejamos la sorna y nos enganchamos a nuestra manera: empezamos a usar las entregas para discutir en nuestro propio Club, un puntapié. El club del club y la literatura, esa conversación interminable. Por eso, cuando llegó la convocatoria para escribir los mails que reciben todas las semanas, sentí que era una de esas vueltas de la vida: extraño el espíritu de aquel club de dos suscriptores que tuve y ya no existe y me gustaría invitar y encontrarme en la comunidad de Club Carbono con otros lectores.

A partir de ahora, apago el confesionario y desde el próximo domingo voy a acompañar durante julio la lectura de Nicolás Artusi  de «Treinta y seis metros» de Santiago Ambao. Spoiler: van a recibir un breve y poderoso ensayo por entregas, donde no falta café. En la vida es muy importante sostener las obsesiones y las ideas fijas y Nicolás siempre puede dar cuenta de la suya: el café.

¿Se suman a leer en equipo? Pueden anotarse acá.