Cemento #1

Hoy escribe: Nicolás Igarzábal
 
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La primera vez que vi escrita la palabra “Cemento”, dentro de un contexto rockero, fue en la última página del Suplemento Sí! Esa agenda era una lista sábana con infinidad de shows anunciados, donde aparecían mis bandas punks preferidas y todas tocaban en un lugar llamado como el material de concreto, ese con el que se unen los ladrillos. La dirección decía que era Estados Unidos al 1200: me gustaba esa inexactitud, me hacía pensar que no era necesario saber la altura precisa, sino que era en toda esa cuadra y lo ibas a encontrar seguro. O capaz era una esquina entera, como una plaza. La verdad, no tenía idea. Fantaseaba mucho con ese nombre que me remetía a cierta rusticidad; entendía que había un código ahí, que a veces decía solamente que tocaban en Cemento y ya se entendía. “Ah, en Cemento, claro”. Toda la gente del ambiente rockero entendía de qué se estaba hablando con solo leer esas 7 letras alineadas. Todos menos yo, claro, que nunca había ido. Tenía 13 años, iba al colegio industrial, y la cerveza todavía me mareaba. Era el año 1999 y el nuevo milenio estaba a la vuelta de la esquina.
 
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En Cemento vi a Catupecu Machu estrenando “Y lo que quiero es que pises sin el suelo”. Estaban tan cebados que la tocaron dos veces. En Cemento vi a Attaque 77 haciendo covers de Gilda, Sandro y los Ramones. De telonero tocaba una banda española que jamás volví a escuchar en la vida. En Cemento vi a Árbol presentando “Chapusongs”, quizás su mejor disco, todavía lo pongo y me zarandea el bocho. Me acuerdo cuando bajaron del escenario y pasaron por entremedio del público con un submarino amarillo de cartón. En Cemento fui a la despedida de Ricky Espinosa, el último punk que hubo en estas tierras del sur. Nunca creí que iba a ver punks llorando, pero esa noche los hubo a montones. En Cemento viví todas estas cataratas de emociones, descubrimientos (¡la primera vez que hice pogo!), alegrías, llantos. Hasta conocí amigos que sigo viendo al día de hoy. Cemento fue una gran escuela y ahí dentro fui feliz. Por eso escribí el libro, para volver ahí cada vez que hiciera falta.
 
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¿Cómo se hace un libro? Haciéndolo. No tenía ni puta idea cómo se escribía un libro, no es algo que te enseñen en la universidad, pero empecé encarándolo como si cada capítulo fuera una nota independiente (algo que sí sabía hacer) y después fui uniendo/ordenando las partes para que encajara todo como un Tetris. Habiendo tantas anécdotas, desde su fundación en 1985 hasta su cierre en 2004, de entrada pensé en hacer una recopilación de historias desordenadas en plan de andanzas rockeras. Pero lo mejor me parecía que era contar la historia de cero, empezar por cómo había sido su inauguración y terminar reconstruyendo la última noche que estuvo abierto. Era la biografía de un lugar, con su nacimiento, esplendor y muerte, como una personal de carne y hueso. Arranqué en 2013, todavía no había cumplido los 30 años, y escribía en el Suplemento Sí!, justo donde vi por primera vez la palabra Cemento. Alguien tenía que rescatar esa historia, pensaba, y me alegra mucho que hoy se estén metiendo adentro de ella en este club de lectura. Espero que ya les hayan hincado el diente a los primeros capítulos, que están centrados en los años ‘80 y aparecen historias de Los Redondos, Sumo, Los Violadores, Todo Tus Muertos, Divididos y Ratones Paranoicos.
 
Les dejo este registro genial de 1989, donde Juanse canta “Enlace”, hace mosh sobre el público… ¡Y le afanan el reloj! El mail de la semana que viene lo va a escribir Lisandro Carcavallo, autor de “Cemento, el documental”, para sumar sus experiencias también, y nosotros nos volvemos a encontrar en dos semanas, ¿sí? ¡Saludos!

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