Izquierda y derecha #3

Theodor Bernheim es un fascista de manual. Luego de la muerte de su padre, entra a escena, sobre todo, como víctima de una madre que parece querer desquitarse con él por una vida de pareja casi inexistente, vacía de contenido. Pero, también, como parte de una mezquindad que se ha transformado en lógica de vida: la madre de Paul y Theodor es una mujer paranoica, que sospecha que todos están complotando para hacerle daño a los pocos bienes familiares que quedan. Sospecha de los empleados, pero también de los socios: el negocio bancario no cobraría vida nuevamente sino hasta la llegada de Paul luego de la guerra.

Theodor, mientras tanto, se ha volcado a soportar a la madre y, en paralelo, desarrollar vínculos con grupos de extrema derecha fascistas. Esconde en su cuarto un inmenso arsenal casi sin ningún objetivo (¿para qué tantas armas?), tiene diversas insignias que lo ligan a estas agrupaciones que empiezan a desarrollarse con fuerza en la Europa de entreguerras, como la esvástica. Al antisemitismo de Theodor es también una preocupación que captura el clima de época del momento, donde la práctica deja de ser un prejuicio social y empieza a ser, lentamente, un asunto de vergüenza pública, como si Roth ya hallase flotando en el ambiente la respiración monstruosa de los conceptos seudo-científicos que impulsarán luego las Leyes de Núremberg. “El origen judío de su madre le molestaba”, señala el narrador. “Y el miedo a enfermarse era muchísimo menor al miedo a la posibilidad de que sus camaradas se enteraran sobre el origen de su familia materna. Ya tenía decidido mentir a cualquier costo” (2023: p. 48). 

En la dinámica entre los dos hermanos, Paul representa un despreocupado aire cosmopolita que lentamente empieza a encontrar raro y hasta detestable el carácter de Theodor. Pero eso no implica que el personaje sea mejor, sea un héroe en un sentido prístino y claro. Paul es superficial allí donde Theodor es radical (casi en el sentido de “raíz”): Paul está flotando en el mundo de las apariencias, de las reuniones, termina inclusive participando en el mundo de las finanzas (que llevarán al gran golpe que el mundo del intercambio bursátil recibió en 1929-1930), como si todo en él tuviese que ver con el flujo y lo etéreo.

Theodor está quieto si se lo compara a la fluidez de Paul: donde el segundo busca lo amigable y casual, el primero ve la decadencia y la necesidad de buscar nuevas bases. Los dos son vistos con una clara distancia por parte de la novela: ni uno ni el otro. Paul hereda un modo de la imbecilidad del padre, Felix, por esta cuestión un tanto falta de seriedad de sus compromisos, mientras que Theodor es quien recibe su cuota de imbecilidad política. Theodor es de aquellos que creen que todo el sistema está mal, que es necesario refundarlo sobre nuevas bases, sólidas, que impliquen mayor libertad de algunas presiones, que implique la fundación de un pueblo fuerte que será todo porvenir y nada de pasado. Un joven que nunca trabajó, que finge ser de una extraña nobleza inventada para ocultar su origen judío, que cree que la acción es más importante que la caridad o la reflexión, que construye un arsenal en su propio cuarto y que, lentamente, comienza a mostrar aquello que ocultaba en el mundo público. Los ecos con el horizonte político occidental, con este momento, por caso, en nuestro país, no dejan de causar ciertos resquemores.