Fat City #1

¿Por qué a ciertos escritores les interesa el boxeo? Empecemos por Argentina. Uno de los cuentos más célebres y celebrados de Julio Cortazar se llama “Torito” y está en Final de Juego, de 1956. El cuento es un monólogo de un boxeador, pero Cortazar se refiere  (o se inspiró) en la pelea entre Firpo y Dempsey.  El autor vio y lloró la pérdida de Firpo junto con su tío en la localidad de Banfield, y, como dijo años después, esa pelea se convirtió para él en la metáfora de un país. Otro escritor que tenía devoción por el boxeo fue Abelardo Castillo, aunque para él no había metáforas nacionalistas, sino que el boxeo reflejaba algo del alma humana. Castillo tenía devoción por Nicolino Locche. Osvaldo Soriano volvió a la metáfora con Cuarteles de invierno. Incluso Rodolfo Walsh en  la batalla de su cuento irlandés “Un oscuro caso de justicia” cierra con una frase que parece puesta desde el futuro: “el pueblo entendió”. Roberto Arlt escribió su famoso punchline con el que abrió la cartera de los papers académicos: la literatura debía ejecutarse con“la violencia de  un cross a la mandíbula”. Esa simple frase bastó para abrir y dividir las aguas: entre un estilismo atlético a lo Boedo y una estética irónica y mordaz a lo Florida. La literatura como un ring, un campo de tensiones y de peleas, de batalla. 
Los norteamericanos han hecho de la relación entre boxeo y literatura un género con subgéneros. Jack London trabajó como reportero y comentador de box; veía en los boxeadores a los máximos exponentes del proletariado, la lucha que se desataba dentro de un cuadrilátero era entre miembros de una misma clase; hombres cansados, derrotados, que necesitaban comer bien para mantener el cuerpo en funcionamiento. En Ernest Hemingway el boxeo funcionaba como metáfora de la escritura; un rasgo vital, masculino, vigoroso, quien escribe golpea teclas para imprimir una marca, la historia de una vida. En Norman Mailer el boxeo funciona como una épica y una estética; un jab o un hook es una pincelada yuxtapuesta que se despliega sobre un lienzo. Mailer fue uno de los escritores que presenciaron la pelea entre Foreman y Ali (el otro fue el creador de The Paris Review, el escritor George Plimpton), y cuando Ali lo tuvo a Foreman a los pies, Norman se preguntó por qué no lo remató: “no quiso arruinar la estética de un hombre al caer”.
Mi libro preferido sobre el tema fue escrito por una mujer, Joyce Carol Oates. Es un texto breve y luminoso llamado Del Boxeo. Para Oates, el boxeo es superior a la vida porque es superior a todo accidente. Lo que ocurre dentro de un ring es lo que desvelaba a muchos escritores, sobre todo rusos y alemanes, del siglo XIX: el encuentro con un otro en el espejo. Quien se para delante de un boxeador no es otra persona, es su reflejo humano que le devuelve los mismos golpes en una danza coreografiada por la supervivencia del yo. Por eso, me llamó la atención la estructura que encuentra Leonard Gardner en Fat City; me olvidé de mencionar. Esta introducción es para hablarles de uno de los libros más bellos sobre boxeo escritos jamás (el de Oates es un ensayo). Su nombre es Fat City. El nombre de su autor es Leonard Gardner.