Treinta y seis metros #2

Lo borroso.
El adjetivo “kafkiano” por lo general se le asigna al sueño maldito de aquel que se acuesta como un hombre y se levanta como un insecto; para muchos, lo kafkiano es el infierno oficinesco del proceso contra Josef K., el hombre que una mañana es arrestado por una razón que desconoce. “¿Corrupción?”, pregunta Eduardo a su esposa cuando ella le comenta lo que escuchó en la tele, una noticia sobre supuestos casos ilícitos sucedidos en el Ministerio: “Algo de unos departamentos del Estado y no sé qué más”.
El paraíso de Treinta y seis metros puede convertirse en un infierno, pero antes: purgatorio. Sin culpa ni sosiego ni alegría ni euforia, Eduardo se hunde en la nostalgia. “La nostalgia limitaba con la tristeza, él lo sabía, de hecho compartían una frontera extensísima”, escribe Santiago Ambao, de quien leo que también vivió un buen tiempo en Barcelona (aunque durante su estadía no se reportaron casos de masas pirómanas ni bacterias devoradoras de papel moneda). En la gesta modesta del hombre urbano, siempre sujeto a las decisiones sobre su vida que toman otros, la oportunidad se presenta como eventual y la felicidad, como excepción: aquí el objeto sagrado es una cafetera que se compra para el departamentito, específicamente una De’Longhi Caffe Treviso Magia, la misma máquina que trajo de Barcelona y que, con el sillón de dos cuerpos y el televisor de 42 pulgadas, configura la réplica borrosa de su casa que monta en paralelo.
El departamentito, módico en su pretensión arquitectónica, es como la realidad que se pliega sobre sí misma en la película El origen: copia fiel, pero aun así deformada, de aquello que se insinúa como lo real. Y si hablamos de gran cine, aunque antes se haya mencionado la rutina de un capocómico, en la nueva vida de Eduardo no hay nada de lo que gozaron los cuatro Raúles de Los caballeros de la cama redonda: en la película de los hermanos Sofovich, el dos ambientes con cocina integrada era un bulo para que Olmedo, Porcel, Tristán y Novarro lleven a sus amantes a escondidas de sus esposas; en Treinta y seis metros, un estuario de durlock para que Eduardo mire en soledad sus documentales de animales.
Pero algo se borronea, es ominoso en su presagio de amargura cercana. Si la bacteria española se come los billetes (el horror del dinero con caducidad programada), el virus porteño es el miedo: “Quería avanzar a costa de cualquier sensación, de cualquier emoción; las fagocitaba y así engordaba hasta tomar el mando”.
Es que Eduardo anhela una vida pasada que tenía sus propios anhelos y al pensar tanto en Barcelona no es que piensa en el pasado sino en otro presente que podría haber sido, necesariamente distinto. No mejor o peor sino… distinto. Las evidencias de eso se despliegan como los productos de un catálogo de IKEA: cafetera, sillón, televisor. Y antes de que se desate la tormenta, porque el aire está cargado de electricidad invisible pero evidente, como la estática de un peine que se frota sobre un pantalón de frisa, aun con los primeros refucilos Eduardo tiene su epifanía: al final, puede considerarse un tipo más o menos feliz.