Lo nuevo y lo viejo.
Ahora sí, un café con leche bien caliente, con énfasis especial en la temperatura del café. Eso es lo que pide Eduardo al principio del último acto de Treinta y seis metros, y aquí se supone la conclusión de una aventura personal y un dilema universal. Preguntaría yo: ¿qué clase de capitalismo fallido produce una cafetera de alta gama que siempre eroga el café frío? ¿Hasta cuándo un tipo puede aguantar una infusión tibiecita?
La burocracia procesal de la oficina tiende a ordenarse gracias a “un jefe o dos que hacen y deshacen a su antojo”, según escribe Sara Mesa, y el tiempo recobrado, uno en el que la tormenta se aleja, pone a Eduardo en un muelle seguro desde el que se pierde la noción de peligro y un tufo cloacal a tristeza estancada le inunda la nariz. “No, no es tristeza”, corrige Santiago Ambao: “Sino apenas una alegría rota”.
Los chicos, a la Playstation; la esposa, a la ducha; y Sandra, la vecina española del dos ambientes, queda como heredera de los trastos de los que Eduardo se desprende al desmontar el departamentito. Ella tiene una novela casi terminada y junta apuntes para un ensayo que se llamará Ecos de una España lejana en el que intentará explicar las penurias de la península y cómo se llegó a esto, una crisis provocada por quemadores de autos y bacterias devoradoras de billetes que llevó al reino a convertirse en un paria mundial. Con el relato de las miserias ibéricas, Eduardo se siente más lejos que nunca de la Barcelona añorada y ahí mismo se clausura su voluntad de fuga. No hay épica ni riesgo pues no hay plan de escape.
La leche está bien caliente en el café que le trae Sandra y Eduardo responde que no, que no está siempre pensando en cualquier cosa. “Si él apenas intenta no pensar”, escribe Ambao y escaso de palabras, porque en definitiva Eduardo es un tipo bastante seco, no encuentra cómo explicar su blanco mental: “Quiere decírselo. Eso y que la vida resulta más agradable cuando uno no piensa. Aunque no encuentra las palabras y su intención naufraga en el silencio”.
De regreso al ministerio, sin énfasis ni convicción, Eduardo se convencerá de que no vio nada tan raro ni distinto de lo que se ve en cualquier ministerio, o cualquier empresa o cualquier lado del mundo, y terminará aceptando una promoción: ya la tiene adentro. Si alguna vez se colgó mirando el pavimento, y calculando la velocidad de caída y la fuerza del impacto de un cuerpo masculino de unos ochenta kilos, desde el balcón del piso doce del departamentito, esa idea pronto se despeja porque Eduardo, que no piensa ni tampoco lee, ignora la resolución del “único problema filosófico realmente serio” que propone Camus en El mito de Sísifo. ¡Qué piedra! Mañana es lunes de nuevo, otro día de trabajo.
