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Y entonces comprende
cómo están de ausentes
las cosas queridas.
La estrofa pertenece a Canción de las simples cosas , de Armando Tejada Gómez, pero en mi cabeza siempre la escucho con la voz de Mercedes Sosa. O al menos así fue esta semana mientras leía El apartamento intocable, de Nao-Cola Yamazaki, en Amistad para adultos.
¿Por qué volver, no? Lo que hacen Kandagawa y Mano, a priori, no tiene ningún sentido: reencontrarse para ir a ver el terreno baldío donde antes estuvo erigido el departamento en el que vivieron juntos. ¿Volver a ver a un ex, ir al lugar que los unió? Cualquier persona adulta sabe que el sentido no reina en el amor, en los vínculos, en nuestras pequeñas historias, así que nos entregamos a la curiosidad y acompañamos esa aventura urbana, porqué no.
En pequeños gestos y en algún pensamiento, poco a poco vamos notando la distancia entre Kandagawa y Mano. Esa forma entre ellos, ese desconocimiento por momentos que tienen entre uno y otro, me hizo acordar al poema Hace algún tiempo de Fabián Casas, donde narra el encuentro con una ex, que a su vez está con su actual pareja y un hijo. Éramos el gran anacronismo del amor, reza un verso que podría haber sido escrito por Kandagawa. Ahí, en ese lugar, los dos sintieron la ausencia de las cosas queridas.
Cuando vuelvo a la ciudad en la que crecí, todavía me sorprendo cuando veo un templo evangélico donde antes estaba el boliche al que íbamos a bailar. La cancha de bochas donde veíamos a los viejos del barrio ahora es, al igual que un viejo cine, un edificio de oficinas. Y la casa de mis tías abuelas, donde con mis hermanos pasamos horas y horas jugando en nuestra infancia, ahora es un almacén bastante nutrido de productos regionales. El paso del tiempo de una ciudad se nota, se siente, se percibe en esas mutaciones, en esos cambios de piel que por un lado tienen que ver con la modernización de las cosas y por el otro, con eso que los que pasamos por alguna carrera de Ciencias Sociales llamamos gentrificación. Pasa en mi ciudad como en Buenos Aires y casi cualquier lado: sin ir más lejos, hoy en pleno Villa Crespo, una pizzería a la que fui con periodicidad hace unos años, vi cómo la habían convertido en escombros. El pasado reaparece así por aquello que fue y ya no es. Muchas veces, volver sobre nuestros pasos, es caminar por tierra arrasada.
Lo que pasa entre Kandagawa y Mano tiene al menos dos aristas. Una es esa, la urbana: el paso del tiempo derrumbó su apartamento. Podemos decirle gentrificación o no, pero es claro que el proceso urbano cambia pasado por futuro. A veces con una lógica meramente mercantilista que vuelve expulsiva a la ciudad, otras veces puede ser necesario: no todas las construcciones de otrora vale la pena mantener en pie. No todo es patrimonio histórico. Un departamento donde vivió una pareja joven no merece, simplemente por eso, sostenerse. Kandagawa y Mano, más allá del gesto de ir a ver ese baldío, no muestran nostalgia. Agarran una piedra de lo que fue y repiten algo parecido a lo que fue su rutina por entonces.
La otra arista es lo que va pasando entre ellos. El cansancio de Mano es el símbolo de lo que es en el presente: un hombre que vive para trabajar. A su vez, Kandagawa empieza a verlo con mayor distancia porque quiere todo el tiempo subirse a un taxi pero también porque lee la misma revista de manga que cuando salían juntos, porque le gustan las chicas muy jóvenes. Y ella, piensa, ya es una mujer adulta. Ese rechazo creciente se termina de cristalizar en la despedida: el gesto de Mano es el mismo que cuando eran pareja y a ella le repugna no tanto por el recuerdo sino por sentirlo como una humillación. Ella maduró, él no.
—Las despedidas son tristes.
—Sí —dijo Kandagawa sin sentirlo.
No hubo tristeza para ella. Al contrario, Kandagawa miraba hacia adelante, estaba pensando y haciendo su futuro. Por eso, cuando llegó a su casa, miró la piedra que tenía en su bolsillo. La podía guardar como recuerdo de un pasado añorado o pensar que, como leímos en Genealogía falsa , una piedra fue el inicio de la vida al caer al mar y convertirse en ameba. Pero no. Decidió tirarla en el tacho de la basura no reciclable. Hay historias vividas que no son más que eso. Y no está del todo mal volver a los viejos sitios a ver cómo estábamos ahí para darnos cuenta que estamos en un camino mejor.
