#4 No me importa que no contestes

Permítanme, si es que no lo notaron aún, un disclaimer de sinceridad: la literatura japonesa en particular y en general la literatura oriental, no son mi fuerte como lector. Tampoco lo fueron los dibujitos animados cuando era chico: nunca me interesó Dragon Ball como a mis compañeros de la primaria. Y, quizás, al leer Amistad para adultos, como cualquier otra obra surgida por aquellos lares, siento que se me escapan sutilezas que alguien conocedor podría cazar al vuelo.

Esa falta propia, más que de mí (y pido disculpas por la autoindulgencia), habla de lo fascinante de la literatura: tan vasta, tan inabarcable, tan inagotable. La imposibilidad de leerlo todo tiene que traernos la calma para ir de un libro por vez, como propone la librería Morioka Shoten en Tokio (y como proponemos en este Club, claro). Como reza un amigo, la literatura sabe esperar: habrá tiempo para profundizar y conocer más de cada rincón del mundo literario.

Algunas preguntas quedarán abiertas, a otras podemos intuirles algunas respuestas. ¿En qué corriente literaria japonesa se podría inscribir Amistad para adultos? ¿Cuál es la escena literaria en Tokio? El estilo de Yamizaki, ¿se emparenta con algún otro autor o autora coterránea? ¿Qué representa con su prosa, con la propuesta que desarrolla, con las imágenes que produce? 

Lo destacamos antes y lo volvemos a hacer ahora: la voz que logra la narración en estos relatos, también en «Deshazte de tu vida privada», el último del libro, es de una prosa que avanza como si estuviera flotando, de apariencia liviana, con una profundidad casi existencial.

Una amiga que estuvo en Japón hace poco bailando tango, me contó de la exigencia que se imponen con sus trabajos: está mal visto tomarte todos los días de vacaciones que les corresponden, por ejemplo. Esa presión diaria, que vimos en el cansancio de Mano en el relato anterior, la transmite en «Deshazte…» la escritora Yano cuando llega a decir que «Su razón de ser estaba en su trabajo». 

Yano, en su obsesión por terminar su libro y en la proyección del siguiente, plantea sus relaciones, al menos la que construye con el músico Matsumoto, como un vínculo casi utilitario: conocerlo para poder escribir sobre música. Que los demás sirvan a su proyecto personal. Lo que obstruye su intención es lo que no podemos manejar: el amor, o esos sentimientos que nos confunden porque no sabemos bien cómo manejarlos con el otro. Ahí es cuando aparece el conflicto, la discusión y finalmente la rigidez, la distancia y la frialdad de Matsumoto: le escribe un último mail en el que se despide con un escueto «Adiós». 

Pero el planteo real de Yano es con ella misma. ¿Su vida está por fuera de su obra o es su obra una arista que también la identifica? En general, la pregunta por separar o no la obra del artista la hacemos desde afuera. Yano se la hace mirándose al espejo. Y no es sólo Yano: el desplazamiento de la narradora que pasa de tercera a primera persona al decir «Lo único que quiero hacer es escribir», da cuenta de que, en realidad, la voz que plantea el dilema y busca una respuesta es la propia autora: Nao-Cola Yamizaki.

Escribir es un trabajo como cualquier otro, sólo que tiene otra notoriedad. La vida, los vínculos, las relaciones, llevan la misma dificultad y traen el mismo placer que las de cualquier persona. Dice Yano o Nao-Cola: «Creo que encontrar a alguien que te parezca tan especial que quieras casarte con él es una hazaña mucho más importante que ganar un premio literario».

Y a esa reflexión, a esa calma interna, llega gracias a sus amigos: cuando Kandagawa, nuestra amiga de los relatos anteriores, le dice que era la misma Mayu-chan de siempre. Nadie se deshace de su vida privada, sin embargo, cada novela que publique será una nueva manera de mostrarse. Su vida estará atravesada por su propia escritura y viceversa: «era lo que era porque escribía».

Ese, creo, no es un dilema puntual de quien escribe, sino una pregunta que viene con el paso del tiempo, con crecer, con el momento en el que sentimos que entramos en la adultez. Ahí está el truco de Yamizaki. La amistad de siempre nos recuerda de dónde vinimos pero ser adultos nos lleva a asentar ciertos rasgos, a tomar responsabilidades, a plantearnos el modo en el que nos relacionaremos con lo que hacemos y con los demás. Amistad para adultos, tanto el libro que Yano publica a sus 28 años como el que leímos de Nao-Cola Yamizaki, está atravesado por ese rasgo: el pasado que reaparece para afirmarnos en el presente y la pregunta que surge para ver qué hacemos con nuestro futuro íntimo, mientras conversamos con amigos en bares.

Hay un mail que Matsumoto le manda a Yano que cierra así: «Por favor, responde si te viene bien. Si estás demasiado ocupada, no me importa que no contestes». A Yano le molestó pero a mí me pareció que podíamos entenderlo de un modo distinto, como si él le dijera que no le escribe con la exigencia implícita de pedirle una respuesta, sino por el placer mismo de escribirle. Un poco como hacemos acá en el Club, yo escribo y no importa que contesten. Si lo hacen, me encanta, pero si no lo hacen sé que están ahí domingo a domingo.