#3 Cada cual con su fantasía exótica

Entre las primeras páginas de esta segunda parte titulada Elijah,  hay un párrafo dedicado a las abuelas que lo leí y lo releí y lo volví a releer. Lo repasamos:

…las abuelas son capaces de apaciguar cualquier tormenta. Se hacen cargo de sus nietos mientras los padres tienen, sin duda, cosas mejores que hacer. Son nidos mulliditos cubiertos con plumas de eider, iglús que aparecen como por milagro en medio de las ventiscas entre madres y padres que discuten. Todavía saben pescar y destripar el pescado, el suelo de sus casas está cubierto de cartones sobre los que preparan las capturas, donde cortan la piel de la beluga para elaborar el mattaq, que hará las delicias del resto de la familia, donde despluman lagópodos y despellejan zorros. En la cocina siempre tienen bunnique y té negro bien caliente, cosen amorosamente unos abrigos para envolver a cada uno de sus numerosos nietos, acunan a los bebés cuando las madres han bebido más de la cuenta. Sobre sus hombros descansan los niños y los pueblos de un lado a otro de la tundra.

Elijah, como cualquiera de nosotros, es nieto, también hijo. Su abuela no está, su madre está desaparecida en el fondo del fiordo: es Eva. Ahora, en esta segunda parte, la narradora lo sigue a él, le habla a él sobre lo que hace y sobre lo que hacen, también, los demás: su pareja Maata, con quien tiene una hija llamada Cecilia; el amante de ella Félix; también Rémi, Tayara, Annie, Tukka, Jessi.

Elijah, ya no como cualquiera de nosotros, heredó una adultez muy temprana y la narradora lo sabe. El dilema que atraviesa estas páginas ya no es cómo terminar con lo que pasa en el pueblo, sino qué hacer con lo que la vida hizo de él mismo.

¿Se va a comportar como un hombre más del pueblo, perdido en el alcohol, desfinanciado por la prostitución y las drogas, olvidando su propia familia? ¿Va a reaccionar, por ejemplo, contra Félix, el amante de Maata, su pareja, con la violencia que engendran los celos? ¿Cómo va a criar a su hija Cecilia, qué pueblo pretende heredarle? Ni estas preguntas ni las respuestas están a la vista, entre el fraseo corto y las descripciones grises, se intuyen.

«Cada cual con su fantasía exótica», dice la narradora para contrastar dos deseos. Para los blancos, como Félix, el morbo está en tener sexo en un lecho de musgo por la tundra, iluminados por los colores en el cielo. Pero los inuits, como Maata, quieren una cama grande, limpia, tranquila, caliente. En ese deseo cruzado se tejen las ilusiones de ir a la ciudad y también las decepciones de ser abandonadas en el pueblo.

En eso se traba la historia de amor entre Elijah y Maata, la inuit más linda, una historia con todos los condimentos del melodrama: amantes, encuentros y desencuentros, una hija, chismes y rumores. No sabemos, aún, cómo terminará. Como tampoco sabemos cómo acabará Tayara en la gran ciudad, luego de escaparse del pueblo a ser músico, arista por la que la narradora explora el búsqueda de huir de casi todos los jóvenes en el pueblo. Mucho menos sabemos el futuro de los niños granada, los niños tanque de guerra, los niños como volcanes en erupción que en la calle y la escuela largan toda la violencia que ven en casa.

Pero, con el afán de algo esperanzador, me aferro a la imagen de aquellas abuelas. ¿Se acuerdan de que la primera parte terminaba con el paneo sobre un pueblo que había escapado al abismo gracias a la reorganización de su gente? Quizás aquí, en Salluit, como en muchos pueblos alrededor del mundo, como sabemos de Argentina, las abuelas se pongan al hombro ya no sólo el cuidado de sus nietos sino el de todos los nietos. «Los niños son de todo el pueblo» , dice la narradora. Quizá, desde esa propiedad colectiva y a partir de la paciencia de las abuelas, se piense la reconstrucción de un futuro que prometa algo más parecido a las auroras boreales que al invierno cruel.

Nos quedan las últimas páginas para confirmarlo. O no. La próxima semana lo sabremos.

Entre los parroquiales, tengo que agradecerle a Marcela que, a la lista de obras en segunda, sumó Crónica de mi familia , de Vasco Pratolini y Diario de invierno, de Paul Auster. Lo mejor es que no sólo leí ambas, sino que la de Pratolini está entre mis favoritas. Más gracias a Lucila que sumó una novela francesa de Michel Butor llamada La modificación (que desconocía), y a Rolo que aportó Actos humanos, de Han Kang (que no leí), y asoció Nirliit con la última temporada de True Detective, que tampoco vi. Y agregamos a Simon & Garfunkel con Cecilia a la playlist casera e invernal Nirliit.

Y ahora, algo divertido: vamos a pensar en nuestras abuelas. La consigna es ir a esta publicación y comentar algo que les recuerde a sus abuelas: una receta, una canción, una palabra, un gesto, su nombre, lo que sea. Yo, si pudiera participar, pondría «Los scones de mi abuela» o «Mi abuela hacía karate». Entre quienes comenten sortearemos el libro que  leeremos en octubre: Invenciones sobre Babasónicos, una compilación de Sebastián Cháves, editado por Gourmet musical, con textos de Tamara Tenembaum, Julieta Habif, José Bellas, Pablo Schanton, entre otros. Será un octubre con más música.

Nos leemos el domingo que viene.