¿De qué está hecho un penal?
Nunca pateé uno. Ni en canchas de fútbol 11 ni en otras más chicas, ni en torneos como jugador federado ni en las competencias amateur en las que más años jugué. Hace un par de años, en un torneo en Ciudad Universitaria, con los aviones atravesando el cielo, definimos por penales pero no me propuse para patear. Era un invitado del equipo y no me sentí habilitado para anotarme en la lista, caminar hasta el punto de penal, tomar carrera y decidir dónde apuntar. Tampoco nadie me preguntó como hizo el capitán alemán a los compañeros que se negaron a patear en la definición que perdieron contra Paraguay. Un penal, en buena medida, está hecho de eso: de decisión.
La tensión, la imposibilidad de retractarse (no existe decir “le pifié, pateo de nuevo”), el efecto en las personas más allegadas (que podrían ser tus compañeros de equipo) y también en otros más lejanos (como la hinchada), hacen que una definición por penales se asemeje a esos momentos de la vida en los que tenemos que hacernos fuertes, ser claros y elegir tal o cual camino. En una palabra: decidir. Podemos estar más o menos seguros, más o menos confiados, tener más o menos suerte, incluso podemos equivocarnos, pero la decisión fue esa y no otra.
Como cantó alguna vez Fito Páez, “tiene más filo una decisión que una gillette en la espalda”.
Sobre ese filo camina Once metros, donde Ben Lyttleton , que además de periodista es asesor de clubes, aporta toda la estadística posible, toda la información disponible, para achicar el margen de error para los pateadores de penales. Pero a la vez habla con los protagonistas que sugieren distintas formas de ver ese momento y que, a su vez, fueron más que creativos.
Nadie más que Antonin Panenka conoció el peso de una decisión desde los once metros: pudo haber sido condenado a trabajar treinta años en las minas sólo por haber pateado un penal decisivo, en la final de la Eurocopa de 1976, como nadie lo había hecho hasta entonces: en lenguaje argentino, “la picó”. O, como se empezó a decir en el mundo desde entonces, le pegó “a lo Panenka”.
No fue una decisión impulsiva, todo lo contrario. La había macerado largamente y sintió que esa era la oportunidad.
Panenka, nacido el 2 de diciembre de 1948 en Praga, una ciudad en la que «en verano jugabas al fútbol y en invierno al hockey sobre hielo», se la pasaba con la pelota entre los pies. A los nueve años, se probó y quedó en el club Bohemians, y su padre, un amante del fútbol y de las motos, lo paseaba a diario por la capital checa para llevarlo a entrenar y a los partidos.
No había cumplido los 20 años cuando la Unión Soviética terminó con la mentada Primavera de Praga en 1968. Él ya se destacaba como mediocampista, pero desde ese momento, como el sistema comunista lo obligaba a trabajar, Panenka se levantaba todos los días a las 4 am para operar un torno en una fábrica de metales antes de ir a entrenamiento.
En 1974, jugando un partido de liga contra el Plzen, Panenka erró un penal pero el árbitro instó a repetirlo y Panenka volvió a errar. Después, en el mismo partido, hubo un tercero y ese sí entró pero Antonin ya había tomado una decisión: practicaría para no errar nunca más.
Entonces, cada entrenamiento, se quedaba con el arquero del equipo practicando y apostaban por chocolates o cervezas. Al principio erraba y se le hacía caro entrenar así, “pero luego empecé a pensar en nuevas formas de acertar. Me quedaba despierto por la noche y pensaba en esto”. El nuevo penal de Panenka consistía en lanzar el balón lentamente hacia el centro del arco pero sólo lo hacía cuando sentía que el arquero se lanzaba hacia un lado: “cuanto más chocolates ganaba, más gordo me ponía”, bromea con Lyttleton. Así estuvo dos años: también probó en amistosos y en algunos partidos de liga, no siempre convirtió.
En la Eurocopa de 1976, Panenka era figura en Checoslovaquia pero nadie apostaba por ellos cuando enfrentaron y le ganaron a la Holanda de Johan Cruyff en la semifinal. Era un batacazo. La final era nada menos que contra la Alemania Occidental capitaneada por Franz Beckenbauer.
El partido terminó 2 a 2 y hacía apenas unas horas que las autoridades habían decidido que se definiría con una tanda de penales (en vez de con otro partido como hasta entonces). Los primeros siete convirtieron. El cuarto por Alemania lo pateó Hoeness y salió por encima del travesaño. Y fue Panenka. Si lo metía, serían campeones. Nunca había jugado en un estadio tan lleno. Se paró frente al arquero y sabía lo que haría: tomó una larga carrera, se acercó rápido y justo un paso antes de la pelota, hace un freno y la toca suavemente mientras el arquero alemán vuela hacia la izquierda. Checoslovaquia campeón y Antonin Panenka se guardó un lugar en la historia.
Esa había sido la última vez que Alemania perdió por penales en una competencia internacional, hasta la definición en 16avos de este Mundial contra la selección paraguaya.
En otras palabras, parece decirnos Panenka que, a veces, las decisiones más osadas son las correctas .
Nos leemos el domingo que viene.
Facundo
