Buenos Aires, 19 de julio de 2026.
Sí, lo sé. Nadie puede pensar en otra cosa. Pero estamos acá para acompañarnos también en estos momentos. Así que, al menos por unas líneas, intentaremos esquivar eso que tenemos en el centro de nuestros pensamientos.
Es algo muy argentino analizar todo con el prisma del drama, es cierto, pero llegar otra vez a una Final del Mundo y la forma en que la Selección lo hizo, no puede ser abordado de otro modo. En Qatar, esta misma Selección, empezaba ganando cómoda los partidos y sobre el final se le complicaba. En Estados Unidos es al revés: empezamos abajo y la tarea es darlo vuelta agónicamente en el último acto. Siempre hay una vida más después de los 80, incluso de los 90 minutos (o en los 120).
Ben Lyttleton es británico y, si bien no sabemos cómo atravesó la semifinal, plantea que fútbol y drama es algo global. Es que un partido y el arco narrativo del teatro, el cine o las telenovelas, tienen mucho en común. Ni hablar de los penales, que es el tema al que nos convoca. ¿No podríamos equiparar, acaso, un duelo de un western a una tanda de disparos desde los once metros? Imaginemos el momento: la cámara enfoca los ojos, de uno y del otro. Se miran, pretenden saber más del otro a través de esa mirada, descubrir su inminente decisión. Parecen nerviosos, están concentrados. En unos segundos sólo uno tendrá la gloria. Hay tensión. Respiran profundamente, se vuelven a mirar: the eyes, chico, they never lie . Y definen. Puede ser la escena final de una de John Ford o la definición de Argentina-Francia en Qatar 2022.
«La muerte o la gloria, no hay término medio. En una tanda de penales no se gana por poco, como tampoco se pierde por poco», dice Lyttleton en Once Metros, en el capítulo «El mundo entero es un escenario», donde relaciona el arco narrativo en el cine de westerns con el fútbol. «Está el paisaje que nunca cambia: la cancha para los penales, la tierra sombría para los westerns; el resplandor del sol que se pone contra el resplandor de los focos; la ausencia de diálogo. Tanto los héroes del oeste como los futbolistas dejan que sus acciones hablen más que las palabras».
La narrativa mediática deportiva se apoya en esos recursos literarios y tanto periodistas, relatores o comentaristas como espectadores usamos infinidad de palabras shakesperianas: drama, épica, agonía, redención, héroes, duelo, final. Dice Lyttleton: «Esa simple palabra, ‘drama’, tan común en los reportajes futbolísticos, nos transporta a los escenarios, a cuando los actores se llamaban ‘players’ y el espectáculo era introducido por un coro/narrador supuestamente neutral (el árbitro). Aún hoy hablamos de un jugador que ‘pierde el hilo’, que ‘lee al adversario’, que ‘muestra carácter’. (…) En cierto modo, una tanda de penales es como el epílogo de una obra de Shakespeare».
Ningún penal existe sin un pasado. El del torneo que se disputa, el del duelo entre los equipos o selecciones que están en cancha, el de cada jugador. Andrea Pirlo, en su libro de memorias Penso quindi gioco (Pienso cuando juego), recuerda su momento en el penal definitorio contra Francia en la final del Mundial de 2006: «Respiré profundamente. Pero esa respiración no era solo mía. Me sentía como el trabajador que lucha por llegar a fin de mes. Incluso sentí que podía ser el hombre de negocios que es un imbécil en su vida cotidiana. Sentí que era un profesor, un estudiante, un inmigrante italiano en Alemania. (…) Por increíble que parezca, solo en ese momento me di cuenta de lo grandioso que era ser italiano. (…) Es increíble sentir que lo que sientes está pasando por la mente y el alma de millones de personas al mismo tiempo».
La interacción entre los hinchas y los jugadores, dice Lyttleton, es única en la construcción del «fútbol como teatro». La lucha por la supervivencia hace que la felicidad de un hincha dependa de la miseria de otro: tu muerte, mi vida. El acto de patear un penal puede parecer sencillo, pero el contexto y las repercusiones hacen que nunca lo sea: el pasado también juega sus cartas.
Para muestra, contemos la historia de la Selección de Zambia. En la final de la Copa Africana de Naciones de 2012, se enfrentaron con Costa de Marfil. Cuando el primer jugador zambiano, Chris Katongo, metió el primer penal, todo el banco de suplentes y el cuerpo técnico empezó a cantar la Canción del Chipolopolo, el himno de la selección nacional. Enseguida se sumaron los jugadores parados en el círculo central. El sonido ambiente del estadio era esa canción que no sólo era una reafirmación de la identidad zambiana sino el recuerdo de una tragedia sucedida 19 años antes.
Para el último partido de eliminatorias previo al Mundial de 1994, todo el plantel de Zambia, salvo Kalusha Bwalya que jugaba en el PSV, viajaría en avión desde su país a Dakar. Tenían que hacer varias escalas para llegar. En una de esas, al minuto de despegar del aeropuerto de Libreville, el avión se estrelló en el océano y los 18 jugadores, dos entrenadores, cinco funcionarios de la Asociación de Fútbol de Zambia y los cinco miembros de la tripulación fallecieron. Bwalya se enteró por teléfono pero recién lo creyó al verlo en la BBC.
La selección de Zambia pasó de estar a punto de clasificarse al Mundial a ya no tener selección. Improvisaron: nuevo técnico, nuevos jugadores. Hicieron el esfuerzo y casi lo logran, pero no alcanzó. Pasaron las clasificaciones, las Copas y los mundiales, y no se les daban los resultados.
Diecinueve años después, tendrían una revancha. Ahora Kalusha Bwalya, aquel jugador sobreviviente del plantel de 1993, era el presidente de la Asociación de Fútbol de Zambia. Armó un plantel joven para clasificar al mundial y a su vez para ganar una copa continental. En la Copa Africana de 2012, la confianza creció partido a partido: Zambia le ganó a Senegal, a los locales Guinea Ecuatorial, también a Sudán y Ghana. Y un dato que en una ficción podría parecer exagerado: la sede de la final contra Costa de Marfil fue en la ciudad de Libreville, a pocos kilómetros del accidente aéreo de 1993.
En la víspera del partido, Kalusha llevó al plantel al lugar del accidente. Hubo coronas de flores y todos cantaron la Canción de Chipolopolo. Ese himno fue apropiado por los hinchas desde el primer momento. El partido terminó 0 a 0. Y en los penales empezaron los cánticos, primero en el banco de suplentes, después adentro de la cancha. Los zambianos habían practicado mucho los penales: el arquero apostaba, competían en pequeños grupos entre ellos. Y la tanda de penales fue larga: iban 7 a 7 y la Canción seguía entonándose. Después erró uno y erró el otro, y el siguiente marfileño también falló. 14 convertidos consecutivos, 3 fallados seguidos.
Sunzu tenía 3 años cuando ocurrió la tragedia y nunca había pateado un penal en una competencia oficial. Caminó al punto de penal sin dejar de cantar. Acomodó la pelota cantando, tomó carrera cantando. La Canción se convirtió, a lo largo de la competencia, en un símbolo de unidad nacional que, desde hacía un tiempo, se veía resquebrajada por diferencias étnicas. Sunzu pensó en todo eso y se encomendó a dios, «canalizó el poder del canto, de la oración, de la fe, y marcó su penal» . Zambia salió campeón por primera vez de la Copa Africana. Kalusha, en un costado de la cancha, lloró. Se trató, sin dudas, de la tanda por penales para definir una copa continental de las más emocionantes de la historia del fútbol: acá la pueden ver.
De nuevo: ningún penal existe sin un pasado. En otras palabras, la historia puede cambiar con apenas once metros de distancia.
Esperemos que no hagan falta penales en lo que sucederá por la tarde de este domingo en Nueva Jersey que, en este caso, podríamos llamar un eastern. Pero si ocurrieran, ojalá la historia juegue a nuestro favor. Estás para eso, viejo. Estás para eso.
Con una vela encendida, deseando lo mejor, nos leemos el domingo que viene.
Facundo
