Once metros #4

Hay que decirlo: el Mundial 2026 fue una decepción. ¿Porque Argentina perdió la final, porque el mejor jugador, según la FIFA, no fue Lionel Messi, porque creemos que hubo conspiraciones turbias de fondo? No, nada de eso. La respuesta es que casi no hubo definiciones por penales, incluso habiendo dieciséis partidos más en la fase definitoria. Sólo 4 partidos se resolvieron desde los once metros: tres en la nueva fase de 16avos y uno en 8vos.

¿Se acuerdan del dato de que el acierto de penales en cualquier competencia ronda el 80 por ciento pero que en los mundiales baja al 71 por ciento? Esta vez fue peor: sólo el 62.50 por ciento fueron penales convertidos. Y uno sólo pateó «a lo Panenka»:  Mohamed Salah en la definición de Egipto contra Australia.

Como ningún penal existe sin un pasado, la historia que motivó a Ben Lyttleton a investigar sobre penales para que Inglaterra no siguiera perdiendo por esa vía, se está repitiendo con Holanda: este año, igualó a España en ser la selección que más veces (cuatro) quedó afuera por tanda de penales en un Mundial. Una pena que los holandeses no estuvieran leyendo con nosotros «Once metros» (y si entraba esa última de Simeone o la de Senesi, hay una ucronía que responde qué hubiera pasado en los penales con España; pero no hace falta hablar de eso).

Ninguno de los datos de este último mundial están en el libro que leímos a lo largo de julio, pero son datos que podemos mirar con otra lupa a partir de su lectura. «Once metros» es un libro para curiosos del deporte en general, no sólo aficionados del fútbol. Lyttleton no llega a conclusiones contundentes sobre los penales. Al fin y al cabo, hay que estar en los botines de esos jugadores que van a patear o atajar, en esas cabezas minadas o no de pensamientos, en esas canchas repletas de hinchas, vistiendo esas camisetas cargadas de historias. Pero acerca toda la información disponible, con cientos de ejemplos que dan cuenta de los cuerpos técnicos que estudiaron el tema, de los jugadores que entrenaron desde los once metros (que son, a su vez, doce pasos) y de la enorme cantidad de recursos disponibles para mejorar esas ejecuciones.

En el último capítulo, un entrenador inglés, Clive Woodward dice: «Todo esto tiene que ver con los técnicos, no con los jugadores». La decisión de entrenarlos y de cómo hacerlo (por ejemplo, replicando, lo más cercano a la realidad, la presión de esos momentos), la información que se le brinda al jugador, el acompañamiento en la decisión de quién patea y en qué orden.

Woodward dice que la técnica hay que entrenarla hasta que salga siempre igual y define esa técnica repetida como «movimientos ganadores». Son cuatro:

  1. Dónde se pone el pie de apoyo.
  2. La parte de la pelota que se golpea.
  3. Encontrar el objetivo: tomar una decisión inequívoca sobre dónde pegarle.
  4. Convertir eso en una rutina absoluta así, si algún día te toca patear un penal en un torneo, ya sabrás qué hacer.

¿Acaso no sirven esas reglas en la cancha como en la vida? En dónde te apoyás, dónde apuntás, encontrar el lugar ideal y repetir hasta que nos salga de memoria. Lo dijimos: un penal, en buena medida, está hecho con el filo de una decisión. En la cancha como en la vida.

Después, por supuesto, hay contingencias. Está el jugador que define «a lo Panenka» y queda señalado como el Loco (al menos eso le pasó a Sebastián Abreu, mas no a Zidane, por ejemplo, o a Salah). Y están los arqueros, como Dibu Martínez, que pueden enloquecerte en los segundos previos.

Lyttleton le dedica uno de los perfiles justo antes del último capítulo, pero no compartiré demasiado porque es para leerlo entero: ¿qué imaginan de un inglés hablando de las excepcionalidades del arquero de la selección Argentina? Pero es en ese capítulo donde habla de magia: ahí es donde aprovecha a contar la historia de Kiricocho.

A partir de la definición por penales con Colombia en la Copa América, recuerda cómo se escuchaba todo porque no había hinchas en el estadio por la pandemia. La transmisión permitía escuchar las distracciones fomentadas por el Dibu pero no fue el único partido en el que pasó.

Fue en esos días cuando a Bono, por ejemplo, arquero del Sevilla, se lo escuchó gritar «¡Kiricocho!» antes de que le pateara Erling Haaland para el Borussia Dortmund por una Champions. Bono lo atajó pero el árbitro hizo que se pateara de nuevo y ahí el goleador no perdonó: se acercó a Bono y lo festejó replicando un «¡Kiricocho!».

Kiricocho existió y era argentino. Más precisamente platense. Y fue un descubrimiento de Carlos Salvador Bilardo cuando era DT de Estudiantes. Al parecer, cada vez que Kiricocho aparecía en los entrenamientos, algún jugador pincharrata se lesionaba. Bilardo quiso dar vuelta el maleficio y lo contrato para que recibiera a todos los equipos rivales cuando jugaban de local. Creer o reventar: Estudiantes ganó todos los partidos salvo uno, contra Boca, en el que Kiricocho no estuvo. Así fue campeón en 1982. Kiricocho se convirtió en un amuleto y su historia la llevó Bilardo y los jugadores por el mundo. La usó Joan Capdevilla contra Arjen Robben, Pisculichi contra Cigliotti, Dybala contra Vidal. Es probable que hayan visto también el video de Molina diciéndolo cuando ya no alcanzaba a Mbappé en el empate de la final de 2022. Lo dijo Bono y lo dijo Haaland. Hubo veces que funcionó, otras tantas no.

Los penales, entonces, se pueden entrenar. Hay que considerarlos como una decisión determinante y se puede trabajar en la abstracción de los pensamientos intrusivos. Pero también puede haber magia y misterio: Kiricocho, Kiricocho, Kiricocho.

En la cancha como en la vida, vale decir «elijo creer».