«El viaje hasta tu tierra es largo, Eva». Así comienza Nirliit, con una narradora que en muy pocas líneas nos dice al menos tres datos: que está llegando a un lujar lejano, que le está hablando a alguien (y no somos nosotros) y, enseguida, que ese alguien, Eva, no está, que desapareció en el fondo del mar, en el fiordo.
El viaje a Salluit desde Quebec tiene escalas. El invierno ya pasó y el Estado canadiense llega desde el sur con un equipo interdisciplinario para intervenir, asesorar, acompañar, investigar, asistir a la comunidad inuit. Ahí la narradora plantea el primer nosotros los blancos y ustedes los inuits (o «vosotros», ja, ya hablaremos de la traducción), el Estado blanco asistiendo a las comunidades originarias.
En la dificultad del entenderse entre idiomas, los blancos pretenden imponer el inglés frente a la lengua inuit. Este párrafo me pareció muy elocuente: «Los blancos se desesperan con vuestro inglés limitad y vuestro francés casi inexistente, pero ¿quién de nosotros se atreve con vuestro idioma? (…) ¿Cómo vamos a reprocharle a nadie que no domine nuestra lengua cuando no sabemos decir nada en la suya? Esa lengua cada vez más entreverada de inglés, esa lengua que no ha seguido el ritmo de los avances tecnológicos, que no sabe decir computer , (…) esa lengua a la que han conquistado Justin Bieber y Rihanna y que se derrite casi a la misma velocidad que el permafrost». La narradora, siempre en diálogo con Eva, con su recuerdo, su presencia en la ausencia, habla de esa distancia entre unos y otros. Ella ve esa frontera, la nombra, por momentos también se ubica de un lado, pero la discute: su punto, podría decirse su denuncia, es que la hay pero no debiera haber.
Denuncia es una palabra clave. El tono con el que avanza la historia es un tono de denuncia: de la violencia con las mujeres y entre ellos, de las formas en las que viven, del olvido institucional y, sobre todo, de la desaparición de Eva, su amiga que, esta vez, en esta nueva visita de verano, la narradora en vez de abrazarla sale a buscarla en el fondo del mar.
Párrafo a párrafo ese tono incomoda cada vez más. Es como si la voz que narra tuviera un cuchillo en la mano, con una bronca contenida que no parece reflejar sólo esa desaparición, que no es poco, sino algo más.
Entonces, el panorama completo: lo demasiado duro y lo demasiado hermoso que es la vida en el pueblo. Que a nadie le dura un trabajo porque nadie tiene ningún incentivo. Que matan a lagópodos, belugas, morsas o caribús en sus propias casas o en las cercanías, que durante días impregnan el pueblo de olor podrido. Que se alimentan de procesados más que de verduras. Que es moneda corriente el abuso del alcohol, de las drogas, de la prostitución forzada de mayores con menores, de los embarazos adolescentes, del abandono de esos hijos por venir. Es tan duro todo que casi parece no haber lugar para lo hermoso del lugar, del mar, de la abundancia de cielo.
Y ahí llega la denuncia mayor: el Raglan Money Day gestionado por la minera Glencore (¿Les suena? En Argentina también está) que regala, literalmente, dinero a todos y cada uno. Dinero que se quemarán en lujos innecesarios, en sexo ocasional, alcohol y drogas, en muy pocos días en los que el pueblo queda dado vuelta. El día R es como una Navidad que denota que Salluit es un pueblo controlado por el dinero de la mina con su intoxicación: antes, la comunidad inuit no tenía los mismos problemas de violencia, alcohol, drogas.
Así, una situación muy puntual, en una comunidad muy puntual al norte de Canadá y de todo un continente, da cuenta de una problemática universal. ¿Cuántos pueblos viven realidades similares por empresas que extraen todo lo que pueden a cambio de migajas que contentan el presente pero destruyen el futuro?
Tal vez una síntesis, de ese aspecto, hay en la cita que hace del cantautor quebequés, Félix Leclerc: «La mejor manera de matar a un hombre es pagarle por no hacer nada». Es de la canción Les 100 000 façons de tuer un homme, que ya agregué a la playlist casera e invernal Nirliit, junto a otras que nombra al pasar o de la cantante inuit Kelly Fraser, que hizo un cover de una canción de Rihanna , que no está en Spotify, (de Justin, que tiene ascendencia inuit, no agregué ninguna por ahora porque no descubrí cómo terminó su conflicto con la comunidad de hace unos años).
Mientras, el cuerpo de Eva sigue sin aparecer.
