#2 Lo jodidamente largo que es febrero

Cuando entré en Nirliit, me llamó la atención que esté escrito en segunda persona, es decir escribiéndole a un otro. No es un recurso común. En nuestra novela ese otro es, en la primera parte, Eva, la inuit desaparecida. Quien narra sabe que está desaparecida, sabe que le está hablando a un espejismo, a un recuerdo, a una ausencia, pero igual le escribe.

Hay novelas o cuentos que apoyan su trama en una estructura epistolar. Pienso, rápido, en la novela Lengua madre , de María Teresa Andruetto. Las cartas son la manera más común de construir esas voces en segunda porque el destinatario es claro y hay que lograr que en ese ida y vuelta se perciban los matices de que cada carta es una persona distinta. La dificultad suele estar en que el autor se tiene que correr: no puede explicar cosas para el lector que entre los remitentes ya conocen. A veces, es ahí donde falla esa segunda persona.

En Nirliit, Léveillé-Trudel tiende, en ese sentido, su propia trampa. Le escribe a Eva, claro, pero a medida que avanzamos en la trama también le escribe a otras personas. A Álex, por caso, que es quien le reprocha lo difícil que es el invierno y «lo jodidamente largo que es febrero». También a Charline o a Jess, otras chicas que padecen y disfrutan, lo duro y lo hermoso de vivir en Salluit. Entonces, nos damos cuenta que la intención de la narradora es hablarle a un pueblo entero para decirle que no pueden seguir así, para pedirle que se despierten.

Pocas historias de ficción están escritas hablándole a un otro así, en segunda persona. O, más preciso, no se me ocurren tantas: los cuentos Torito Graffitti, de Cortázar; el cuento Subjuntivo, de Juan Sasturain (lo leí hace mucho, recuerdo que ahí no se justificaba ese recurso); Si una noche de invierno un viajero, la novela de Ítalo Calvino, o Aura, de Carlos Fuentes; Agosto , de Romina Paula, que en algún punto, ahora que la traigo, se emparenta con Nirliit. Pueden contarme otras que se les ocurran y vamos haciendo la lista.

Lo que hace la narradora de Léveillé-Trudel es gritar. Es una historia de denuncia detallada por una voz desesperada. El cuerpo de Eva sigue sin aparecer pero ya sabemos que la mató Jimmy, de quien era su amante, sabemos que está preso y que no explicó porqué. Te mató tu belleza, le dice sin encontrar consuelo.

La sensación que crece a medida que avanzamos es la de una amiga que ya no sabe qué hacer para que hagan algo con lo que está pasando. Es una amiga gritando «date cuenta» a todo un pueblo que, encima, no es el pueblo propio pero que por dos meses al año lo adopta como si lo fuera. Y ese es el problema: su voz es ajena a la vida durante el resto del año, cuando Salluit se oscurece en todos los sentidos posibles. La locura, los abusos, la violencia, el alcohol sobrefacturado, las drogas, la prostitución infantil, el silencio de todos y todo lo común roto: vidrios de la escuela, juegos de la plaza. Salluit, dice, es una habitación adolescente.

En ese tránsito, cuando entre tanto grito a Eva y a todos, la narradora repasa cada drama, vamos asumiendo como propia esa desesperación. Los perros que alguna vez sirvieron para tirar los trineos, ahora reemplazados por motos de nieve, mueren atropellados o masacrados durante el invierno y aparecen sus cadáveres en verano. Las que fueron nenas el verano pasado pero en este ya son mujeres adictas al alcohol o a las drogas porque en el medio fueron violadas o abusadas por un familiar o por vecinos. Y así sigue con los que se animan a irse del pueblo a ser pobres a otra parte, los que se endeudan, los que se suicidan antes de los veinte años. Los embarazos que no pueden ser abortados pero que tampoco son reconocidos si los hombres estaban ebrios: «El alcohol es como la luna llena, hasta los más dulces se transforman en hombre lobo».

Fue todo ese derrotero gris, denso, complejo que me recordó otra historia, aunque no esté escrita en segunda persona: Los suicidas del fin del mundo, de Leila Guerriero, una crónica sobre una ola de suicidios a fin de siglo en un pueblo patagónico.

Nirliit tiene, de a tramos, ese matiz de crónica. No tanto por seguir una línea de tiempo sino por avanzar la trama con descripciones que nos amplían el mapa no sólo geográfico, de partes del pueblo, sino también de esa sensación desesperante. Y al ser ella, la narradora, una voz ajena, externa, también describe y señala todo lo lindo del pueblo, como la felicidad de los niños cuando los lleva a bañarse en una cascada o en el río, o cuando ven a un búho nival camuflado en la nieve hasta que despliega sus alas blancas.

La primera parte cierra con el fin del verano y su regreso a Montreal. En las escalas, destaca un pueblo que estuvo en el abismo como Salluit y que, por organización propia, lograron reencausarse. Lo narra y lo desea para los inuits. Piensa, a su vez, en el hijo que dejó Eva y le promete que, si alguna vez lo ve pidiendo limosna, se lo llevará a su casa. La segunda parte lleva el nombre ese hijo: Elijah.