José Bellas reconstruye los comienzos.
Julieta Habif analiza las palabras.
Pablo Plotkin la relación con la ciudad.
Cada vez que idealizo algún tiempo pasado, sobre todo aquel que no viví, me acuerdo de Medianoche en París, la película de Woody Allen. El personaje de Owen Wilson, paseando por la capital francesa, encuentra una grieta que le permite viajar a los años 30, a los años 20 o más allá, y en esos viajes nocturnos, se encuentra con escritores o artistas que trascendieron —Fitzgerald o Hemingway, Stein o Dalí— y que añoran alguna época anterior, mientras Owen les dice que ellos están haciendo la historia, que en el futuro se hablará de sus obras. Owen, por su parte, también está añorando ese tiempo que visita de a ratos, no más, pero que conoció a través de esos nombres. La película, o Allen, no pretende transmitir que todo tiempo por pasado fue mejor, tampoco que «mañana es mejor», como vociferó alguna vez uno de los nuestros, sino, entiendo, busca acentuar el presente, el hecho de estar haciendo aquí y ahora. Pero así como te digo una cosa, te digo la otra: qué década la de los ’80.
La democracia reciente, naciente, abrió las puertas a un sismo cultural que sacudió el suelo argentino. Entre pancartas de «Nunca Más» y el Juicio a las Juntas, entre una hiperinflación histórica y la epidemia del HIV, se escuchaba el murmullo de una juventud que exploraba y experimentaba la libertad para decir acá estamos y refundar una sociedad sin la rigidez heredada. Surgieron, entonces, antros míticos como el Parakultural, Café Einstein o Cemento, Las Gambas al Ajillo o Batato Berea, Los Redondos, Soda, Don Cornelio o Sumo, la confirmación de Charly solista o un jovencísimo Fito dispuesto a hacer pie en la gran ciudad. Y todo aparecía en las mil revistas que también surgieron por esos años, como Cerdos & Peces, Pan y Circo o El porteño que con desparpajo, con un lenguaje también efervescente y en ebullición, articulaban, unían, comunicaban: Melero, por ejemplo, empezó a tocar gracias a un aviso clasificado.
En las revistas, esas y otras, está esa historia del arte en general, de la música en particular de nuestro país. La oficina de Gourmet Musical, la primera editorial independiente dedicada exclusivamente a reconstruir esa historia desde distintos ángulos, más que libros, que los hay, está plagada, incluso diría sostenida en pilas y pilas de revistas: una hemeroteca que cualquier melómano o curioso envidiaría.
Por eso juzgo más que atinado el comienzo de Invenciones sobre Babasónicos, más precisamente del texto de José Pekas Bellas que, siendo un lector joven y voraz de esas y otras revistas de lo que sería «la escena cultural» de la época, por un aviso clasificado de 1991 en la revista Rock & Pop se acercó a Pablo Schanton y Norberto Cambiasso, dos periodistas que narraron los ’80 en tiempo presente y eso proponían: Club Sonico. Taller de rock. Entre el pop y el ruido, repaso cultural de los 80. Ese es no sólo su origen en el periodismo de música, sino también que a partir de ahí, de ese espacio, es que conoce a Babasónicos, una banda que todavía no había publicado un disco, apenas circulaba un demo de lo que sería Pasto en 1992.
«La historia del arte debería ser la historia del contexto», dirá Bellas, que va y viene con testimonios de Dárgelos o de la banda en distintos momentos, pero que hace especial hincapié en los de entonces. Casi nadie sabía qué era Babasónicos cuando Soda los convocó a ser teloneros en Obras, casualmente (o no) a unas cuadras de River donde se volvía a juntar Serú Girán a 10 años de su última aparición. Un periodista les preguntó que opinaban de ese regreso: «Es un retroceso para la música. Charly García da pasos hacia atrás en el rock». Toda una postura: Babasónicos aparecía no para subirse a un modo de hacer las cosas, ni siquiera para hacer meramente canciones, sino para crear un lugar, un ambiente, un clima.
«Babasónicos es una banda climática», dice Julieta Habif en Todas esas palabras, el segundo, cálido y reflexivo texto, y agrega: «aunque uno no termine de entender qué pasa, qué se dice o se quiere decir, hay algo, pongamos, del orden de la temperatura que lo hace parte. Un motor libidinal cuya vibración nos envuelve». Habif le da vuelta a esa manera de Dárgelos de traficar palabras o metáforas en un lenguaje que no pierde aquel norte climático: incluso desde ese nombre artístico, citando a un personaje peculiar de la novela Les enfants terribles, de Jean Cocteau, donde termina por revelarnos un punto en común con nosotros. ¿O acaso cualquiera de nosotros no podría decir, hoy, ahora, como el Dárgelos lector que «yo no quiero escribir canciones, quiero más tiempo para leer»?
Las palabras vienen de la literatura, de la poesía. Dice Habif: «Se escribe para inventar lo real y lo verdadero y lo otro y dotarlo de presente o al revés, y más difícil aún, para sumergirse en un mundo que nada tiene que ver con el presente. Como una boa fucsia de plumas o una peluca platinada, en el lenguaje reside parte de la performance. (…) En el caso de Dárgelos, el lenguaje es un campo sin puertas».
Y a través de ese lenguaje, escapar, perderse en un mundo, «ser el murmullo de alguna ciudad que no sepa quién soy». O, como lo llama Pablo Plotkin en La ciudad según Babasónicos, un plan de evasión. Sin tantas referencias a la esquina del barrio o lugares concretos, Babasónicos plantea, dice el periodista, una relación poética con la ciudad. Cuando 2 Minutos, sus vecinos de Lanús, edita Valentín Alsina en 1994, ellos sacan su segundo disco Trance Zomba: «Eran dos maneras de asumir el lugar insular que les había tocado en suerte: el registro testimonial y el plan de evasión (…). La idea no era contar la aldea, sino trascenderla». Babasónicos usa el mundo para nutrir la poesía, no le interesa documentarlo.
Estos, los primeros tres textos, me hicieron revisitar canciones con el libro en la mano, clickear en las entrevistas que mencionan, entrar en ese lugar llamado Babasónicos dejándome sorprender por todo eso que desconozco. Espero que así siga, espero que sigan ahí, acompañando.
Y gracias a quienes mandaron sus canciones preferidas, ya están todas en la playlist.
Que tengan una buena semana.
Nos leemos el domingo que viene.
